domingo, 26 de mayo de 2013

Un accidente inesperado.

Era un día estupendo. Lo recuerdo como si hubiese sido ayer. Tenía seis años cuando fui a visitar a mis abuelos en la provincia donde vivíamos. La comunidad se llama Turcio esta  localiza en el municipio de Villa Victoria, Estado de México.
 Ese día fui con una tía a caballo a ver a mis abuelos; cuando llegamos me dieron de comer. Posteriormente  se destinaron a realizar sus actividades normales. Yo les ayude con las vacas, caballos, borregas y algunos puercos, a darles de comer y agua. Después se pusieron a desgranar maíz.

Por la tarde comimos con tortillas recién hechas a mano, que mi abuela hizo. Luego continuaron con lo que estaban haciendo. Yo me puse a  jugar con los perros; sin imaginar lo que me iba pasar. Uno de los perros me ataco sin razón, provocándome una herida muy seria. El animal comenzó a morderme la parte izquierda del bícep.  Provoco una herida grande y profunda, causando un sangrado considerable. Solo recuerdo cuando me subieron al caballo y me llevaron con el doctor que vivía en la comunidad, ya que el hospital se localiza a dos horas de ahí, en Toluca capital del estado.  También recuerdo que no quería que mis padres se enteraran, ya que no sabría cómo lo tomarían.  Era imposible que no se enteraran, ya que para ir hacia donde vivía el doctor teníamos que pasar por mi casa. Cuando llegamos con el doctor, el me atendió de inmediato. Él era  el papá de Paco mi mejor amigo de la infancia. Aun me acuerdo que él estuvo conmigo todo el tiempo; recuerdo las palabras del doctor que decía "¡Tranquilo todo estará bien, no te asustes!". Me puso 6 puntadas para cocer la herida.  Al final del día cuando salimos de la casa del doctor Gelasio; recuerdo que dos de mis tíos estaban ahí conmigo sonriéndome. Ese día no lo olvidare. Cuando me llevaron a hacer estudios, los doctores dijeron que había tenido suerte, porque el colmillo había pasado rosando la arteria principal del corazón. Este accidente, causo que no pueda utilizar mi brazo izquierdo. Posteriormente, cuando regrese a casa de mis abuelos días después de ese altercado, no volví a ver a ese perro. Hoy en día aun me siguen contando que les costó mucho trabajo quitarme al perro de encima, que fue una suerte que me lo pudieran quitar.  Aún tengo la cicatriz que me hace recordar ese día.

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